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Carlos de Haes y la renovación del paisaje en España

Decía Calvo Serraller que el paisaje es un invento, por excelencia, moderno. En efecto, el Renacimiento posibilitó la aparición de fondos de paisaje y el Barroco toleró el desarrollo del género, pero no fue hasta el siglo XIX, con el Romanticismo, cuando tuvo lugar una exaltación total del paisaje como representación privilegiada de la naturaleza.


En España, como en el resto de Europa, el paisaje comienza a practicarse con el Romanticismo. Aunque durante la primera mitad del siglo XIX aparecen ya algunos nombres destacados como Pérez Villaamil, Rigalt o Parcerisa, no será hasta la segunda mitad del siglo cuando la pintura de paisaje inicie su verdadero despegue de la mano de autores como Martí Alsina, Martín Rico y Carlos de Haes. Esta primera generación de pintores realistas destacará no solo por su obra, sino por haber sido capaces de generar en torno a sí un importante número de seguidores que intentarán sintonizar con las corrientes creativas imperantes en Europa.


Carlos de Haes, Paisaje de la ribera del Manzanares, 1857. Obra presentada con motivo de la oposición a la cátedra de paisaje en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando a principios de 1857. Fuente: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Paisaje de la ribera del Manzanares, 1857.

En este sentido destaca sobremanera la figura de Carlos de Haes. Su papel de renovador del panorama pictórico se relaciona directamente con su capacidad de organizar una verdadera escuela de paisaje, sobre todo a partir de la obtención de la Cátedra de Paisaje de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, para cuya oposición realizó su Paisaje de la ribera del Manzanares en 1857. Desde ella, De Haes desplegó de forma sistemática toda una “pedagogía del paisaje” consiguiendo imponerlo como moda en la España de la Restauración. Para ello, orientó a un numeroso grupo de jóvenes pintores hacia la práctica del género, contribuyendo a desarrollar entre sus alumnos un nuevo método de pintura basado en la observación directa del natural y el gusto por la objetividad. Todo ello favoreció, en última instancia, la liberación de los últimos prejuicios románticos y el inicio del camino hacia una sensibilidad de tipo impresionista que, si bien él nunca comprendió ni practicó, sería el resultado de la puesta en práctica de sus presupuestos, de forma paralela a lo que Barbizon supuso para los impresionistas franceses.


Carlos de Haes, El canal de Mancorbo en Picos de Europa, 1876. Óleo, renovación de la pintura de paisaje en España.
El canal de Mancorbo en Picos de Europa, 1876.

La presencia prolongada de Haes en la Cátedra sirvió, como se ha mencionado, para la creación de un sistema de enseñanza renovador y, concretamente, para la aparición de lo que podríamos llamar una escuela de Haes. Aunque no llegó a comprender el impresionismo y, en consecuencia, no se encargó de difundirlo, al cumplir fielmente las premisas del paisaje realista colocó a sus discípulos en una situación privilegiada para adoptar la nueva corriente. Su reivindicación del paisaje, su difusión de una pintura realizada directamente del natural y su exaltación de la observación y reproducción fidedigna de las cosas le sitúan en el área desde la cual partirá el impresionismo. Ese fue el verdadero testigo que dejó a sus alumnos: la madurez artística para asimilar las revolucionarias concepciones de fin de siglo.

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